Rubro Cuento: Carlos Castillo
 

SOLEDAD


La tarde se presentaba como todas las tardes del norte, calurosa.
El viento norte que soplaba indiferente al sufrir de los humanos traía olores de abandono, los pocos que se animaban a caminar por las desoladas calles parecían mas lagartijas que personas, tanto por la forma de desplazarse como por el aguante al calor.
No había árbol que amortigüe el sol que dejaba caer sus rayos que actuaban como un soplete de oxi-acetileno calentando el acero hasta ponerlo de un color rojo casi blanco.
Las chicharras dejaban oír sus lastimeros cantos y dentro del salón se encontraba él mirando la distancia sin mirar con sus oscuros ojos serenos e indiferentes. Ojos como muertos, que no sabían mirar, porque de tanto mirar para adentro se habían olvidado de los colores de la vida.
Cuánto tiempo había pasado desde la ultima vez que casi se enamora nuevamente. Muchas hojas han caído, varios otoños se llevaron las flores y él seguía ahí solo, pero no siempre había estado solo, hubo una época en que tenía que decidir con quien salía hoy, tuvo en su mano la mano de su amor y la soltó y desde entonces se reprocha por tan entupida decisión, hoy quería ver a ese hijo, que bien sabía nunca llegaría a conocer y esto lo convertía en una persona indolente e indiferente en apariencia, porque dentro suyo el dolor y la tristeza carcomían su humanidad y cada vez más se parecía a una mascarada humana.
El secreto lo acompañaría hasta el final, ni siquiera su analista pudo sumergirse en la oscuridad de su interior. Estaba solo esperando el café pedido y que el mozo con su habitual pachorra demoraba en traer, la tarde estaba para una cerveza bien fría, pero por costumbre pidió un café, como para contrariarse a si mismo, porque gustaba jugar el juego de la oposición por la oposición misma.. Sus ojos vagaban indiferentes mirando la cortina de tierra y polvo que arrastraba el viento junto a papeles y restos de envases, mugre en realidad que nadie juntaba y todos hacemos esperando que otro junte nuestra miseria olvidándonos de reglas de urbanidad elemental. Otra tarde que se iba llevándose horas de su vida, mira como al descuido su reloj y se apresta a partir hacia dónde, ni él lo sabe, saldrá y caminará despacio sin rumbo hacia ningún lugar no tiene un destino porque no tiene quien lo espere, esta solo, triste, sin amigos, amor ni tiempo para buscarlos, su tiempo se está acabando como la tarde, que ya comienza a dejar las sombras largas y angostas y como al descuido una lagrima comienza a caer por ese rostro ajado por el tiempo transcurrido en soledad.-


Carlos Alberto Castillo - Octubre 2006